(Narrado por Val, dueña del Blythe Café)

Hay días en los que todo fluye. La máquina de café funciona como un reloj suizo, los muffins salen esponjosos, y los clientes dejan propina sin que se lo pidas.
Este… no fue uno de esos días.

A las nueve ya teníamos cola en la puerta. El efecto del directo seguía latiendo fuerte y nuevos clientes llegaban “a ver el Café de la gente real”. Muchos querían conocer a Dani, otros a Mimi («la pastelera de los corazones rotos», según un hilo viral), y más de uno preguntaba si podían ver a Bruno “el del batido volador”… antes incluso de que ocurriera.

El ambiente era optimista. Forzado, pero optimista.

Mimi decoraba a toda velocidad. Mira organizaba las comandas y vigilaba a Bruno como quien cuida a un gato en un bazar. Dani, desde su taburete junto a la barra, revisaba que nada se saliera de control. Y yo… yo intentaba parecer tranquila mientras mentalmente repasaba si teníamos suficientes servilletas, paciencia y sentido del humor.

—Val —dijo Bruno con su entusiasmo marca registrada—, ¿puedo encargarme de las bebidas frías? Estuve viendo varios vídeos tutoriales anoche. Estoy motivadísimo.

—¿Has dormido algo? —preguntó Mira, alzando una ceja.

—Una siesta de 35 minutos —respondió, como si eso fuera un logro olímpico—. ¡Estoy listo!

Durante la primera hora, lo cierto es que Bruno no lo hizo mal. Salvo un pedido confundido (limonada con café) y una pajita que acabó en la maceta del ficus, no hubo desastres reales. Se lo veía feliz, aunque con movimientos demasiado amplios para el espacio reducido del bar.

Una clienta le pidió una bebida helada de fresa con leche vegetal. Lo preparó con cuidado, midió las cantidades, incluso limpió el vaso con un paño antes de poner la tapa. Pero ahí… justo ahí, no se aseguró de encajarla bien.

—¡Marchando una fresa amorosa! —gritó, girando sobre sí mismo como si estuviera en un musical de los 50.

Y entonces ocurrió.

Bruno giró. Mira venía de frente con tres cafés calientes. Colisión. El batido salió volando, dibujó una parábola perfecta y… paf, cayó justo sobre el escote de una clienta que acababa de sentarse.

Era una blusa blanca. De lino. Carísima, probablemente.

El silencio fue absoluto. Como si el tiempo se detuviera.

—¿¡PERO QUÉ—!? —empezó a gritar la mujer, empapada de fresa y horror.

Bruno se quedó petrificado. Dani dejó caer su cuaderno. Mimi lanzó un gritito contenido. Mira murmuró algo entre dientes que prefiero no transcribir.

Yo crucé el local con servilletas, toallitas y mi mejor cara de “esto no suele pasar, lo juro”. Me incliné con calma:

—Mil disculpas. Fue un accidente total. Le invitamos lo que desee. Y si necesita lavar su ropa o una camiseta limpia, lo gestionamos.

La mujer estaba claramente molesta, pero al ver la expresión de Bruno —una mezcla entre cachorro culpable y adolescente confundido—, suspiró y sacó el móvil.

—Lo voy a poner en redes… pero con humor —advirtió.

Y lo hizo.

Una hora después, su publicación tenía más de mil likes.

Título: “Fui al Café famoso por su directo y acabé como parte del menú”.
Incluía una foto del batido estampado en su ropa y otra de Bruno, medio agachado, intentando limpiar el suelo con la camiseta metida por dentro del pantalón… al revés.

La gente… lo amó.

“¡Ese chico es un desastre adorable!”
“Volvería solo para ver qué tira la próxima vez.”
“Mejor eso que el trato frío de Café Deluxe. Viva el Blythe Café.”

El resto del día fue cuesta arriba. Bruno, visiblemente afectado, no quiso volver a tocar un vaso. Mimi intentó animarlo con una galleta en forma de estrella que ponía «hoy no es tu día, y está bien». Mira lo puso a cortar limones para tenerlo ocupado. Dani le palmeó el hombro y le dijo:

—Tranquilo. Yo, en mi primer trabajo, derramé café caliente en el portátil del jefe. A día de hoy aún me llama “Macchiato”.

Al cerrar, cuando por fin bajamos la persiana, nadie hablaba del desastre. Solo de cómo habíamos salido adelante.
De cómo la clienta había vuelto más tarde, riéndose, para llevarse dos muffins “con sabor a caos”.

Bruno se acercó a mí mientras limpiaba la barra. Aún tenía cara de tristeza.

—¿Crees que soy un error para este lugar?

—¿Sabes qué creo? —le respondí—. Que este lugar no necesita robots perfectos. Necesita personas que lo den todo, se equivoquen… y aprendan. ¿Te sientes parte del equipo?

Asintió con fuerza.

—Entonces, bienvenido oficialmente al Blythe Café, Bruno. Aquí sobrevivimos con manchas… y con sonrisas.

Él sonrió por primera vez en horas. Y lo supe: no importa cuántos batidos más vayan a volar. Lo importante es que, pase lo que pase, estamos juntos en esto.

Fin del Capítulo 10


Próxima cita: ¡Martes 7 de abril!

¿Qué os gustaría ver la próxima semana?

  • El directo llega a un medio local y despierta interés mediático.
  • Barbie influencer vuelve con una propuesta inesperada.
  • Dani recibe noticias importantes sobre su recuperación.
  • ¿O… una competicion de baristas entre cafeterías locales?

(¡Vota, comenta y no te pierdas el próximo episodio lleno de emociones, risas y algún que otro derrame!) ☕✨

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