(Narrado por Val, dueña de Blythe Café)
El sábado pasado vivimos nuestra primera gran apuesta para darle un empujón al Blythe Café: un mini-concierto de K-pop con mi barista estrella, Dani —al que seguimos llamando Félix por su look rubio a lo idol—. Pensé que seríamos cuatro gatos, pero he aprendido que la vida de un negocio independiente es pura sorpresa: a veces para bien, a veces para mal… y a veces ambas cosas a la vez.
Cuando desperté aquel sábado, llevaba días preparando el evento con mis amigos y compañeros. Teníamos la decoración a punto, Mimi (nuestra pastelera petite) había horneado dulces temáticos, y Dani prácticamente vivía enganchado a sus auriculares repasando las canciones que iba a interpretar. Mira, mi amiga de toda la vida, se mantenía escéptica, pero al menos no me desanimaba demasiado; algo dentro de ella se contagió del entusiasmo general.
El viernes por la tarde, transformamos una de las esquinas del local en un “mini-escenario”. La verdad es que no pasó de ser una alfombra negra un poco más grande y unas luces decorativas de esas que parpadean. Pero para nosotros, era como montar el Palau Sant Jordi. Pusimos un par de altavoces medianos y un micrófono con pie, y dejamos sillas apiladas a un lado por si los clientes querían sentarse a ver el espectáculo.
—Val, ¿no crees que la gente preferirá estar de pie bailando? —me preguntó Dani, haciendo un pase de baile con el brazo extendido.
—Quizá algunos, pero recuerda que también vendrán personas que solo quieran curiosear. Además, tenemos público de distintas edades.
—Tienes razón, mejor así. —Y con una sonrisa, siguió tarareando una canción de su grupo favorito.
Mimi se dedicó a decorar la barra y la vitrina de pasteles con banderines de colores y letras que simulaban caracteres coreanos (bastante logrados, si me preguntas). Hasta hizo galletas con “Dani” escrito en tinta comestible.
—Quedan un poco cursis, pero la gente podrá comerse tu nombre —bromeó.
—¡Pues yo lo veo muy K-pop! —respondió él, encantado con la idea—.
Mira, mientras tanto, se encargó de imprimir flyers y pequeños carteles para la universidad. Incluso me sorprendió ver que su habitual pesimismo quedaba en un segundo plano cuando se ponía en “modo productividad”.
—Los he dejado en el tablón de la facultad, no prometo nada, pero al menos ya tienen la información —dijo con un encogimiento de hombros.
—¡Gracias, Mira! —respondí con total sinceridad—. De verdad, sin ti no sabría cómo encargarme de la publicidad.
Llegó el sábado por la mañana, y abrimos en nuestro horario habitual. A decir verdad, apenas pude pegar ojo la noche anterior. Me invadía esa mezcla de emoción y “miedo escénico”, aunque la que iba a actuar era Dani, no yo. Cada vez que abría los ojos entre sueños, visualizaba mesas llenas de gente, luces de colores y a Dani bailando mientras la clientela aplaudía… o huía espantada.
—Val, relájate, me dijo Mira nada más verme recoger tazas a toda prisa—. Aún faltan horas para el concierto y ya vas acelerada.
—Lo sé, lo sé, pero no quiero que nada falle.
—Un consejo, de tu amiga la pesimista: algo siempre falla. Pero eso no arruina un buen plan, a veces hasta lo hace memorable.
No pude evitar sonreír; quizá la forma de ver el mundo de Mira me hacía bien en ese momento.
Dani llegó antes de mediodía con un par de bolsas llenas de sus “atuendos” de K-pop. Se paseó por el local buscando el mejor lugar para ensayar un par de pasos de baile sin molestar a los clientes que, ajenos a nuestras preocupaciones, tomaban su café tranquilamente. Mimi, por su parte, se multiplicaba para acomodar sus muffins y pastelitos en unas bandejas nuevas con toques coreanos (incluidas banderas y brillantina comestible).

—¿Crees que tendré tiempo de personalizar algo más? —me preguntó la petite pastelera, estirándose para alcanzar una repisa que le quedaba alta.
—Ten cuidado, no te subas a la silla sin avisar —le respondí, sosteniéndola para que no se cayera—. Te ayudo. Y sí, lo que quieras, pero no te estreses: lo que has hecho ya es increíble.
A eso de las cinco, una hora antes del mini-concierto, cerré el Café durante quince minutos para reordenar el espacio y quitar algunas mesas, dejando una zona despejada ante el “escenario”. Después, abrí de nuevo las puertas y entraron los primeros curiosos: un Pullip bohemio que ya se había hecho asiduo, un grupito de Blythes Middie que decían haber visto nuestros flyers, y algún que otro amigo de Dani que vino a darle apoyo moral.
—¡Val, esto se va llenando! —exclamó Dani, asomando la cabeza desde la pequeña trastienda donde se estaba cambiando de ropa—. Dame diez minutos y salgo a darlo todo.
—¡Perfecto! Aquí te esperamos.
Mira, mientras tanto, se colocó detrás de la barra para ayudar a Mimi a despachar cafés, refrescos y dulces. Yo me quedé recibiendo a la gente que entraba, saludando con una sonrisa y animándoles a tomar asiento (o a situarse de pie cerca del escenario). Me fijé en que muchos pedían cafés “bonitos” con latte art, así que me iba turnando con Mimi para hacerlos, ya que Dani no podía atender a los clientes a punto de actuar.
El ambiente se sentía… vivo. Diferente. El murmullo de voces crecía, y un leve cosquilleo me subía por la espalda al ver cómo, por primera vez en semanas, el Blythe Café se llenaba de un jolgorio alegre y colorido.
Cuando el reloj marcó las seis en punto, bajamos un poco las luces principales y encendimos las tiras decorativas. Dani salió con un conjunto de pantalones negros y camiseta blanca con brillantes, y un pequeño micrófono de los que usan los profesionales que se había comprado por internet. La gente aplaudió y él saludó con una reverencia divertida, al puro estilo idol.
—¡Bienvenidos al primer mini-concierto de Blythe Café! —exclamó, entusiasmado—. Me llamo Dani, o Félix, como prefiráis, y hoy quiero cantar y compartir con vosotros un pedacito de mi pasión por el K-pop.
Tras un par de palabras introductorias, la música comenzó. Una base con ritmos electrónicos y melodías pop inundó el local. Dani arrancó con una coreografía sencilla pero resultona, moviendo los pies y girando mientras cantaba los versos en coreano (o al menos, sonaba muy parecido al coreano real). Algunos clientes que conocían la canción empezaron a tararear también; otros grababan con el móvil.
Me quedé cerca de la barra, observando la escena con una emoción indescriptible. Habíamos creado algo único esa noche: un lugar de encuentro donde la gente reía, bailaba un poco y disfrutaba de los muffins temáticos con pequeños micrófonos que Mimi había preparado. Entre la mezcla de azúcar, café y música, se podía palpar la felicidad en el aire.
A mitad de la segunda canción, cuando Dani empezaba a hacer un “break dance” improvisado, la puerta se abrió con ese tintineo del que ya me había olvidado en el bullicio. Al mirar, casi se me para el corazón: era la Barbie influencer. Llevaba gafas de sol (aun siendo de noche) y un vestido corto con brilli-brilli. Venía acompañada de una Chabel igual de fashion, con tacones imposibles y un móvil más grande que sus manos.
—Hola, —musitó la Barbie, mirando alrededor con un gesto algo sorprendido—. Supongo que habéis montado una especie de fiestecilla, ¿no?
—¡Sí! —respondí con mi mejor sonrisa—. Es nuestro mini-concierto K-pop. Pasa, si quieres ver a Dani en acción.
—Vaya… nunca había estado en un concierto dentro de un café tan… —se mordió el labio—. ¿Íntimo?
—Eso lo llamamos “de cercanía” —solté, con un leve toque de orgullo.
Su amiga Chabel ya estaba grabando en vídeo con el móvil, haciendo un paneo desde la barra hasta el escenario donde Dani seguía con su numerito. No podía creerlo: la influencer y su séquito acababan de llegar, y parecía dispuesta a documentarlo en sus redes.
Mientras tanto, la canción llegó a su puente musical, y Dani dio una vuelta para contemplar al público. Fue entonces cuando fijó la mirada en la Barbie influencer. Se notaba en su expresión que la reconoció de inmediato (la “famosa” que nos puntuó con un 6/10). Por un segundo pareció descolocarse, pero siguió cantando, como buen profesional del show.
—Val, voy a ofrecerle algo a la Barbie —me susurró Mimi, tirándome de la manga—. ¿Le llevo la bebida especial de té con hielo y uno de los muffins con su nombre?
—¿Con su nombre? ¿No lo sabemos… no? —pregunté, en voz baja.
—Bueno… le pondré “B” en brilli-brilli o algo así —rió Mimi, traviesa—.
Le di un gesto de aprobación y me quedé a la expectativa. Barbie se sentó con su Chabel en una mesa alta, sacó el móvil y empezó a retransmitir algo en vivo. Yo crucé los dedos para que su experiencia fuera, al menos, lo bastante interesante como para volver a subirnos un poco la nota.
Mientras Dani terminaba su tercera canción (un remix donde combinaba pop coreano y unas frases de rap improvisadas), Mimi llevó la bandejita con el té helado y el muffin decorado con un pequeño lazo rosa. Al verlo, la Barbie no pudo disimular una breve sonrisa. Lo tomó, lo enfocó con su móvil y preguntó:
—¿Qué lleva este muffin?
—Es de vainilla con un relleno de fresa natural y un glaseado con un puntito picante, cortesía de Mimi —respondí, acercándome para ayudarla a explicar.
—Vainilla, fresa y un toque picante… hmh. Interesante —musitó ella, relamiéndose.
Dio un mordisco y, por un instante, su expresión cambió de la neutralidad a la sorpresa, y de la sorpresa a algo que casi parecía… felicidad. Hasta su amiga Chabel exclamó un “Wow, ¿puedo probar?”. Acto seguido, la Barbie enfocó a Mimi y a mí y subió alguna historia con el texto: “Cupcake dulce y picante en Blythe Café, mientras escucho un K-pop en directo. ¿Quién lo hubiera dicho?”.
—¿Te gusta? —le pregunté, a media voz.
—No está mal, la verdad.
—Qué bien. Te invito a quedarte todo el concierto. Dani es bastante creativo, y va a hacer un gran final, ya verás.
Ella asintió con un movimiento suave de cabeza y volvió a centrar la cámara en la actuación. Aunque no lo dijera abiertamente, se notaba que estaba impresionada con el ambiente. No éramos un local “lujoso” ni tan “cool” como los sitios que suele reseñar, pero había algo genuino en la actuación de Dani, en las decoraciones de Mimi y en el ambiente que se respiraba.
Tras un pequeño descanso, Dani subió de nuevo al escenario para un par de temas más. El público estaba tan animado que, al terminar su última canción, empezó a pedir “¡Otra, otra!”. Dani nos miró a Mira y a mí, y yo me encogí de hombros en plan “adelante, te dejo improvisar”. Entonces, él decidió soltarse y hacer una versión divertida de un clásico pop, mezclando frases en inglés y en coreano, mientras movía las caderas con atrevimiento.
Lo más gracioso fue ver a la Barbie influencer sonriendo y grabando en plan “no puedo creer lo que estoy viendo”, y a su amiga Chabel bailando en el lugar con un gracioso movimiento de caderas. Otros clientes también se animaron a dar palmas y corear el estribillo, así que el café se transformó en una auténtica fiesta, aunque fuera por unos minutos.
Cuando Dani finalizó esa última canción, la gente aplaudió con ganas. Él agradeció a todos y se bajó del mini-escenario empapado en sudor pero con una sonrisa gigantesca. Me acerqué corriendo para abrazarlo y felicitarlo:
—¡Lo hiciste genial, Dani! Has nacido para estar bajo los focos.
—Gracias, jefa —dijo en broma—. Estoy muerto, pero feliz.
Un pequeño grupo se acercó a pedirle selfies, sorprendidos del talento que no esperaban encontrar en un café de barrio. Hasta la Barbie influencer se sumó, pidiéndole una foto y preguntándole su usuario de redes sociales para etiquetarlo. Yo me quedé al lado, viendo cómo él posaba con cara de “idol” y ella se reía con su móvil en alto.
—Bueno, Val… —escuché que la Barbie hablaba bajito, girándose hacia mí—. Creo que esto… me ha sorprendido. Para bien.
—Me alegra oírlo —contesté, con una sonrisa genuina.
—A ver, sigo pensando que podríais mejorar la atención al cliente —añadió, haciendo una pausa—, pero habéis creado un ambiente muy auténtico, y tu pastelera hace maravillas.
—Gracias, de corazón. Tomo nota de la crítica, ¿eh? No creas que no.
—Quizá te escriba un mensaje privado para proponerte algo de colaboración o… no sé, se me están ocurriendo cosas.
—Aquí estaré para escuchar tus ideas —respondí, y le di una tarjeta del Café con mi contacto.
Ella asintió, guardó la tarjeta en su bolso y, tras despedirse de Dani y firmar un par de stories, se marchó con su amiga tan misteriosamente como había llegado.
Un rato después, con la clientela dispersándose y el café más tranquilo, nos pusimos a recoger. Mimi limpió los restos de azúcar y glaseado en la vitrina, Mira se encargó de dejar la barra impecable y Dani secaba su sudor con una toalla mientras guardaba sus cosas. Yo me senté en un taburete, contemplando el local semivacío con la sensación de haber vivido un día grande.
—Ha sido increíble, Val —dijo Dani, acercándose a mí—. No esperaba tanta gente.
—Yo tampoco. Gracias por entregarte así al show.
—El show es mío, pero el café es tuyo, y lo has preparado de lujo —replicó con una sonrisa—. Si no fuera por ti, no habría escenario, ni altavoces, ni esos muffins con mini micrófonos que han triunfado.
—Y ni la Barbie influencer con su… no sé, su influencer-power.
—¿Crees que nos subirá la nota? —preguntó, riendo.
—Quien sabe —contesté—, pero seguro que se ha llevado una muy buena impresión.
Mira se sumó a la conversación, con cara de cansancio pero satisfecha:
—Habéis tenido suerte. Esa Barbie parecía más simpática de lo que nos mostró la primera vez.
—Ojalá comparta su opinión en redes de forma más positiva —dijo Mimi—. Aunque la verdad es que ya con que haya venido me parece un logro.
Cuando por fin cerramos el Blythe Café, las luces exteriores de la calle iluminaban el rótulo con un halo de victoria. Más tarde, en casa, me costó dormirme. Pensaba en los aplausos, en la atmósfera de complicidad que habíamos logrado, y en esa mirada menos dura de la Barbie influencer, como si le hubiésemos ganado un poquito el corazón.
¿Y Cafe Deluxe? Supongo que no les habrá hecho demasiada gracia nuestro éxito improvisado, aunque no los vimos aparecer esa noche. Pero un pensamiento me rondó antes de cerrar los ojos: “Quizá la batalla definitiva con ellos aún no ha empezado. Quizá estén esperando su momento”.
Sea como sea, me quedo con la sensación de que, por ahora, hemos dado un gran paso hacia la consolidación de lo que somos: un café único, lleno de alma y dispuesto a sorprender. Y si a partir de hoy la Barbie influencer decide darnos una oportunidad, ¿por qué no habríamos de aceptar su curiosidad?
El Blythe Café late con fuerza, y estoy segura de que este solo ha sido el primer capítulo de muchas aventuras con música, muffins y… quién sabe qué sorpresas más.
Fin del Capítulo 3
Próxima cita: ¡Martes que viene (18 de febrero), descubre si la Barbie influencer sube nueva reseña sobre Blythe Café y cómo reaccionará Cafe Deluxe al éxito del mini-concierto K-pop!
¿Qué os gustaría ver a continuación?
- Una celebración improvisada para San Valentín
- Un enfrentamiento directo con alguien de Cafe Deluxe
- La revelación de un secreto de algún personaje
(¡Cuéntanos tu opinión y nos vemos con más música y café la próxima semana!)
La revelación de un secreto de algún personaje.
La revelación de un secreto de algún personaje .me encanta me lo imagino todo y sigo queriendo ver más. Yo voto por cotilleo jajaja
Una celebración improvisada para San Valentín.
Después del éxito del concierto hay que seguir avanzando en esta dirección y no dormirse en los laureles.